Gafas, cejas, bigote y puro

Publicado: diciembre 3, 2010 en Uncategorized

A veces ocurre que una persona o un personaje se hacen tan universales y, al mismo tiempo, tan singulares, que con unos pocos rasgos podemos identificarlos. Esto le ocurre al objeto de esta entrada: Julius Henry Marx o, cariñosamente, Groucho.

Groucho Marx nació en el seno de una modesta familia emigrante, hace más de cien años, en el corazón del East Side de la Ciudad de Nueva York. De ascendencia alemana por parte de madre y francesa por parte de padre, es uno de los muchos ejemplos de grandes personalidades que hacen que me enorgullezca de mis fingidas raíces judías. Su apodo, “Groucho”, hace referencia a su carácter, protestón y algo quejica. Precisamente, éste es el significado de la palabra “grouchy”, en inglés, que posteriormente derivaría en “Groucho”. Pero ésta es sólamente una de las facetas de nuestro protagonista, un auténtico genio de la comedia del siglo XX que brilló alumbrando algunos de los más asquerosos tugurios de los circuitos estadounidenses del desaparecido vodevil hasta que, finalmente, él y sus hermanos debutaron en Broadway y, como colofón, el en cine. Cuando el propio Groucho decidió que ya su momento en el cine había pasado, abrazó con éxito la radio, pero únicamente como antesala del último gran escenario: la televisión.

Pero no sólo de pan vive el hombre. Groucho, consciente de que su educación, en lo académico, era muy elemental, lo compensaba devorando cualquier libro que cayese en sus manos, estaba al tanto de la política y tenía una vida social altamente estimulante fruto de la cual surgen muchas de las anécdotas que dejó para la posteridad en sus numerosos libros pues, sí, también era escritor (amén de sus epístolas, las cuales fueron donadas a la Biblioteca del Congreso). Un hombre polifacético que, por el camino, consiguió, además, medrar. Con sus propias palabras, “desde la más absoluta de las miserias, hemos llegado a las más altas cotas de la pobreza”. Todo un poeta.

Pero, quizá, lo que más recuerda el público de este Leonardo moderno son sus citas, el producto de una cabeza que nunca dejaba de funcionar, con un agudo sentido de la ironía y la crítica y también, por qué no decirlo, de su reducida capacidad de atención que facilitaba que su vena creativa surgiese en cualquier ocasión. El humor de sus películas puede parecernos algo anticuado, pero hay frases que ya forman parte del subconsciente colectivo. Aunque, para ser justos, la mitad del mérito pertenece a los guionistas de los films. Sin embargo, es su especial, inconfundible y soberbia interpretación la que las hace inmortales. Eso sí, las mejores son las auténticas: Groucho haciendo de Groucho, subido en la cuerda floja sin red  y saliendo siempre victorioso; como en la siguiente verdad irrefutable: “La edad no es un tema especialmente interesante. Cualquiera puede envejecer. Lo único que se necesita es vivir lo suficiente”. Nada que añadir.

Un crack este Groucho. Un hombre que vivió todo, desde el crack del ’29 hasta la ley seca, desde la miseria hasta el lujo de una celebridad, de la Ciudad de Nueva York a Los Ángeles y, por supuesto, de la vida mortal a la eternidad y siempre con un puro.

Un saludo, Grouchy!

 

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