Marineros de agua dulce

Publicado: diciembre 7, 2010 en Uncategorized

Efectivamente, lo has adivinado, querido lector. Marineros de agua dulce es una traducción libre del título en inglés de una película de principios de siglo pero, como, incidentalmente, también es el título de este post, vamos a lo que nos ocupa.

Marineros de agua dulce es el término que me gusta utilizar estos días en vez de pirata. Reconócelo, tú también dices estar piripi en vez de borrachera infernal. Las palabras gruesas a veces dan una visión equívoca de la realidad. Por ejemplo, cuando dices borrachera infernal, realmente no has ido al infierno porque allí las copas son carísimas. Es lo que tienen los locales de moda.

Hay personas que usan este tipo de palabras a propósito. Por ejemplo, cuando a alguien se le llama pirata, lo que se quiere evocar es la imagen de maldad, el espíritu sanguinario y despiadado, la delincuencia y la dudosa higiene corporal. La imagen del pirata moderno se asemeja a la de Long John Silver lo mismo que un buey a un bocadillo de jamón. Y sin embargo, ahí estamos, trasegando ron como auténticos corsarios. Habrás notado que me incluyo en este selecto grupo de quebranta-leyes. Desde el canonazo, yo que tú iría preparando el parche y el loro también, pues adiós presunción de inocencia y estado de derecho. Te haré un resumen rápido: en cada elemento susceptible de grabar, ser grabado o reproducir o almacenar material (potecialmente) grabado ilegalmente, hay un impuesto especial que se encarga de compensar a los autores de material protegido por las leyes de propiedad intelectual.

De manera que más nos vale ir echando mano de ese zumo de caña para afrontar lo que se nos viene encima… La piratería es una cosa seria y de difícil solución. Tanto las causas como las soluciones son intrincadas tramas en las que el consumidor, el que soporta la industria (cualquier industria), acaba pagando el pato. Tomemos el ejemplo de la música, altamente socorrido a la hora de lanzar cargos que nos costarían la horca algunos cientos de años atrás. Querido lector, ¿cuánto te ha costado el último disco de música que has comprado? Digamos que eres uno de esos insoportables clientes que insisten en escuchar la música que más le gusta. Como la ley de Murphy es ley, hay que cumplirla, así imaginemos que en tu ciudad queda una única tienda de música; te habrás encontrado con un problema: no tienen la música que a ti te gusta (pongamos que te gusta la música). Pero tu determinación no conoce límites, así que no cejas en tu empeño y accedes a la coacción del dependiente que te promete que, antes de que puedas decir “atracoamanoarmada”, tendrás tu disco en la tienda listo para llevar. Esto es solo una artimaña para atraerte regularmente a la tienda con la esperanza de que doblegues tus gustos musicales y compres otra cosa, pues tú ya sabes que es más probable que tu gato te haga caso cuando le hables a que veas este disco antes de un mes. Cabizbajo, lo asumes. Lo que realmente te repatea es que estás pidiendo un disco que te va a costar veinte euros, que tiene diez años y que hace un mes que está disponible en alta calidad en un servidor muy famoso de internet. Gratis. Aquí se desata un auténtico problema ético. ¿Qué debería de hacer? Esta es una pregunta a la cual sólo puede responder cada uno, pero analicemos los hechos:

  1. Estamos de acuerdo en que hay que pagar a la gente por el trabajo que hace. Vivir de tu trabajo dista mucho (mucho) del lujo de algunos artistas.
  2. Una cosa es un trabajo. Otra cosa es un hobby.
  3. Si el precio de un disco fuese proporcional al talento que guarda en su interior, muchos se morirían de hambre.
  4. Un vinilo cuesta un poco más que un CD. No creo que producir un vinilo cueste un poco más que producir un CD. No creo que la diferencia de ventas entre vinilos y CD sea tan corta para que el CD cueste sólo un poco menos que un vinilo.
  5. Un CD no cuesta casi nada de producir.
  6. De la venta de un álbum, realmente el artista recibe poca compensación. El dinero se queda en el camino.
  7. Puedes poner las excusas que quieras para comprar o para no comprar música. Lo cierto es que, en cualquier caso, veinte euros es mucho dinero.
  8. Mucha gente dice: prefieres gastarte el dinero en X que en música. Pues lo que nos faltaba es que nos dijesen en qué gastar el sudor de nuestra frente.
  9. Etc. , etc. .

Por supuesto no sé nada de economía, ni de la distribución de discos ni nada que se parezca. De música, poco sé. Por suerte tengo dos ojos, dos orejas y algo de tiempo libre para escribir esto. Hay una cosa clara, algo falla. Más aún cuando nuestra presunta falta queda ampliamente justificada con el susodicho canonazo: “Si el artista cuyos derechos son violados, queda compensado (dilemas aparte), ¿en dónde está el problema?”. Pues no lo sé. Tampoco digo que el canon sea justificación para infringir la ley. Algunos de estos fenómenos culpan a la tecnología. No se dan cuenta de que sus quejas no serían escuchadas de no ser por ella. Además, ¿qué tiene que ver el consumidor con esto? Que hablen con TDK cuando popularizó las cintas de cassette. Que acusen a SONY y su compact disk, formato en el cual publican sus trabajos. Que le pidan explicaciones a von Neumann, a ver por qué un ordenador tiene que tener un espacio de almacenamiento…

El problema, en España, viene por el derecho a copia privada, a partir del cual emerge el canon de marras. Para los que no lo sepáis, tenéis derecho a hacer una copia para uso privado de cualquier contenido al que hayáis accedido legalmente (este es el punto de discusión). Quedan excluidos los programas informáticos. Un lector nos sugiere que su desinterés por los videojuegos proviene del fácil acceso del que dispone, haciendo uso ilegítimo del derecho a copia privada, a multitud de títulos. Yo disiento. A mí, tal oportunidad me proporcionaría más probabilidades de encontrar programas que me agraden, aunque coincido en que apreciamos más aquello que es difícil de conseguir. Sin embargo, esto nos conduce a la siguiente situación, vivida por todos nosotros, en la que, después de ahorrar como posesos y buscar y rebuscar, escoger y descartar en qué preciado programa/libro/disco/película dilapidaremos nuestra pequeña fortuna, procedemos. Y acto seguido descubrimos que no comulga con nuestro exquisito paladar… Maldita sea…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s